Nuestra vida es un constante ir de obligación en obligación. El «tengo que» y el «debo» están cincelados en nuestros cerebros. ¿Cuándo fue la última vez que nos paramos a pensar si realmente lo que hacíamos respondía a nuestros deseos o era producto de la inercia o del deseo de terceros? ¿En qué momento comenzamos a inocular el virus del «tener que» a niños y niñas? Se dice que vienen con un pan bajo el brazo pero nada se dice de la carga de deseos (conscientes e inconscientes) que acompañan su nacimiento: cómo van a ser, qué les va a gustar, a quién se parecerán o se dejaran de parecer…

Esto no es más que el principio; a las expectativas familiares, se unirán las de la escuela y la sociedad. Así, el «tienes que» y el «debes de» se convierten en un mantra: «debes portarte bien», «tienes que darle un beso a (…)», «tienes que hacer los deberes», «tienes que ser el más listo, tienes que ser la más guapa»… y así un largo etcétera. Poco importa lo que ellos/as quieran, sus gustos, sus fortalezas, si éstas no responden «a lo esperado». De este modo sutil, las niñas y los niños son socializados en un sistema de obligaciones que, por el solo hecho de ser impuesto, resta placer y motivación por lo que hacen.

Si lo cambiamos por el «te gustaría» y el «que te parece si» estaríamos apostando por un «disfrutar haciendo» y una observación respetuosa hacia sus personas, potenciando aquello en lo que son buenos/as (y les gusta) a la par que les prestamos nuestro apoyo. De este modo, aprenderían divirtiéndose y asumirían responsabilidades y compromisos sin imposiciones. Y nosotros/as dejaríamos de sufrir su crianza para simplemente disfrutarla. ¿No creéis que el cambio es lo suficientemente sustancial como para ponerlo en práctica?

 

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